Orígenes
Historia del café
Historia del café

Detrás de esta taza de líquido negro y excitante que, sólo o mezclado con leche, tomamos cada mañana y que llamamos café hay una historia fascinante que discurre a través de países exóticos, una historia llena de luces y sombras a la que son ajenos la gran mayoría de los millones de personas que todos los días revitalizan su organismo con la ayuda de esta delicada infusión hecha a base de granos tostados y molidos.

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El cafeto, la planta de donde nace el café, es originario de Etiopia donde, según cuenta una muy publicitada leyenda, un pastor de cabras llamado Kaldi quedó asombrado al ver el efecto euforizante que producía en su rebaño la ingestión de las hojas y el fruto de unos matorrales que crecían silvestres en el sotobosque. Con cierta aprensión se llevó a la boca algunos de estos frutos, unas pequeñas cerezas de un intenso color rojo. Eran ligeramente dulces y refrescantes, agradables de comer, pero las semillas, dos pequeños granos recubiertos por una espesa capa de mucílago, eran demasiado duras, imposibles de masticar. Las escupió y siguió comiendo las bayas que tan abundantemente producían aquellos arbustos hasta que, según cuenta la leyenda, acabó bailando y brincando con sus cabras, preso de una poderosa energía que le recorría todo el cuerpo y que no era capaz de explicar. La cafeína, este producto químico que tanto abunda en el cafeto, acababa de encontrar su destino natural: El cuerpo humano.

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La dudosa veracidad científica de esta leyenda no le quita valor, antes al contrario, a la importancia de las casualidades en los descubrimientos alimenticios. Lo que es seguro es que cuando, a mediados del siglo X, un médico árabe llamado Rhazes menciona por escrito por primera vez al café, éste ya hacía muchísimos años que se cultivaba para su consumo. Los etíopes, pueblo cristiano descendiente del rey Salomon y de la reina de Saba, cruzaron el mar Rojo en el siglo VI e invadieron Yemen y con ellos llevaron los cafetos y sus estimulantes frutos que rápidamente se aclimataron al nuevo país. Los árabes se aficionaron sin ningún problema a su vigorizante consumo y le llamaron “qahwa”, palabra que significa “vino” y de la que deriva fonéticamente “café”. A finales del siglo XV los comerciantes musulmanes habían convertido el café en un rentable producto comercial en todo el mundo islámico. Las caravanas cargadas de sacos con el precioso y adictivo grano recorrían las grandes rutas que llevaban desde el norte de África hasta Turquía.

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historia del café
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En 1536 los turcos invaden Yemen y desde su puerto marítimo de Moka exportan el café a todo el inmenso imperio otomano que alcanza hasta las puertas de la muy cristiana Viena. Cruza mares a bordo de bajeles y atraviesa desiertos a lomo de camellos hasta llegar a las costas mediterráneas donde es adquirido por los comerciantes europeos. Los turcos son conscientes del tesoro que tienen entre manos y no permiten que ni una sola semilla fértil abandone sus dominios, para así garantizar la exclusividad de su producción. Solo pueden sacarse granos secos, tostados o remojados en agua hirviendo para impedir su germinación; severas penas, que incluyen la muerte como un mal menor, son dictadas para desanimar a los posibles infractores.

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Evidentemente, todo resulto inútil y en 1605 un viajero musulmán llamado Baba Budan consiguió llevarse, escondidas entre los pliegues de su ropa, siete semillas de la preciada planta que, tras múltiples esfuerzos logró aclimatar y multiplicar en las faldas de los montes de Mysore, al sur de la India. Poco tiempo después, en 1630, los holandeses, que eran una gran potencia naval y comercial de la época, a partir de un pequeño cafeto vivo que trasplantaron a un invernadero de Rotterdam obtuvieron gran cantidad de brotes que les sirvieron, en 1650 para iniciar su cultivo a gran escala en Ceylán, Java, Sumatra, Timor y prácticamente todas las Indias Orientales.

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En 1715, los franceses recibieron de parte del gobierno holandés un cafeto en perfecto estado que reprodujeron en Le Jardín des Plantes de Paris. Uno de estos jóvenes ejemplares fue llevado a la colonia americana de La Martinica por el joven marino Gabriel Mathieu de Clieu, sobreviviendo en el trayecto al asalto de un corsario, a violentas tempestades y hasta a un naufragio. Superadas todas estas adversidades la planta arraigó en el Nuevo Mundo y quiere la leyenda que todos los cafetos actuales del continente americano derivan de este protoejemplar. Por las mismas fechas los franceses también introdujeron semillas de café provenientes del puerto yemení de Moka en su colonia de Isla Reunión en el Océano Índico. Poco a poco el cultivo, en consonancia con el creciente consumo, iba ocupando nuevos territorios.

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A mediados del siglo XVIII, el funcionario brasileño Francisco de Melho Palheta actuó como juez neutral en un conflicto fronterizo entre las Guayanas francesa y holandesa y, al acabar su cometido, sacó de contrabando un saquito de semillas que plantó en su casa de Para, en el Nordeste de Brasil. Su rápida propagación hacia el sur convirtió rápidamente al país en el mayor productor del mundo.

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En el siglo XIX, el café ya es un artículo de consumo masivo. Su producción requiere grandes extensiones de territorio que antes eran zonas boscosas y que con el tiempo llevan a la desertización, su recolección aviva el tráfico de esclavos hasta las más altas cimas de la infamia, los grandes propietarios ponen y derriban gobiernos, sojuzgan a las minorías étnicas…
Zonas de sombras que están en el origen de un producto cuya demanda no deja de crecer.

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En nuestros días el café es, después del petróleo, la materia prima mas exportada del mundo, su comercio da trabajo a más de veinte millones de personas.

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